Olas negras
“Qué bello, mar, morir en ti cuando no pueda con mi vida.”
José Hierro
Estaba picado el Cantábrico.
Llevaba un par de días así, duro. El viento frío, del norte, empujaba las olas hacia la playa, y una bandada de gaviotas planeaba en desorden sobre la orilla, gritando, barruntando tormenta.
Caminaba —apenas adolescente— con las manos en los bolsillos del abrigo a lo largo de la barrera de algas, madera y plástico que la última marea dejó sobre la arena. Observaba como sus botas se hundían al caminar. En el horizonte, la tripulación de un pequeño pesquero se afanaba en recoger las redes para regresar al cobijo del puerto. Una ráfaga de brisa húmeda se estrelló contra su rostro. Alzó la vista, molesto, reprochándole algo al viento, y pudo ver al final de la playa, junto a las rocas, a un niño, de su misma edad, tal vez un poco mayor, agachado frente a una poza, con un sedal en una mano y una navajita de pescador en la otra. Le conocía, aunque no habían hablado demasiadas veces. Era el hijo del contramaestre. Se acercó despacio y se sentó junto a él.
—Hola.
Al joven pescador le sobresaltó la voz inesperada. Se volvió y revisó de reojo a su visitante. Devolvió el saludo sin demasiado interés y se concentró de nuevo en empatar el anzuelo.
—¿Qué haces?
—Nada —contestó, hosco, sin levantar la cabeza. Con la punta de la navaja arrancó una lapa de la roca y puso su carne en el anzuelo. Después hundió el cebo en la charca y lo colocó cuidadosamente ante las pinzas de un pequeño cangrejo que se escondía en una grieta.
—Sería más fácil obligarle a salir con un palo y atraparle después...
—¿Y qué gracia tendría entonces?
—Sí, claro... ninguna —concedió, sin querer entrar en batallas inútiles y cambiando inmediatamente el rumbo—. Parece que va a llover otra vez.
Una gaviota se había posado a tan sólo unos metros y los observaba, recelosa, mientras sus compañeras seguían gritando desde las alturas. Un rumazón de tormenta les amenazaba.
—Sí —contestó por fin, sin apartar la vista del anzuelo —, eso parece.
Callaron. En realidad, ninguno de los dos miraba al cielo.
El cangrejo dudaba, calculando los riesgos. No se decidía a morder una carne extrañamente fácil, pero demasiado tentadora para abandonarla sin más.
—Mi madre dice que es un barco fuerte, que no hay de qué preocuparse...
El hijo del contramaestre le miró de frente por primera vez y guardó silencio, descubriendo de pronto algo de él mismo en ese otro rostro aún infantil.
—... pero anoche la oí llorar. Me ha dicho que rezaba, pero yo sé que ella no reza desde hace mucho tiempo.
Subía la marea. Las olas rompían con mayor fuerza en cada embestida y se arrastraban hasta desaparecer, un poco más arriba cada vez, sobre la arena. No le quedaba mucho para decidirse, al cangrejo, unos minutos, a lo sumo. Pronto, el agua llegaría a la poza y todo desaparecería, hasta la próxima marea, devorado por el mar.
—A veces, uno puede volverse creyente de pronto. También la mía rezaba ayer, creo... y siempre se ha llevado mal con Dios. De todas formas tiene razón, tu madre: el Luz Marina es un buen barco.
—Ya...
—Dieciocho metros de eslora. Veinte nudos con la mar en calma. No es la primera vez que se cruza con un temporal en la faena. Y son buenos marineros, todos, mi padre dice que son la mejor tripulación del Cantábrico.
—Sí, eso ya lo sé —el cangrejo estiraba una pinza, probando suerte—. Pero en el bar dijeron que ya tendría que saberse algo...
Las voces encogieron. Volvieron a mirar a la charca, los dos, taciturnos, y un rayo iluminó toda la playa antes de perderse en alta mar.
Comenzaba a llover.
—¿Tú quieres ser pescador?
—Sí, claro. Y tendré mi propio barco. El mejor del mundo, ya lo verás...
—Yo también quiero tener un barco.
—Cuando sea capitán puedes formar parte de mi tripulación, si quieres.
—Puede... ¡Pero yo soy timonel!
—Eso habrá que verlo... Tendrás que llevarnos hasta Irlanda, con la mar picada en una noche oscura, y la quilla retorciéndose bajo la tormenta, y sortear olas de veinte metros... Entonces serás nuestro timonel. No voy a admitir a cualquiera en mi tripulación, sólo a los mejores.
El cangrejo, tímido todavía, estaba a punto de caer en la tentación. Lejos, en alguna parte, tronaba.
—¿Tú has ido a Irlanda?
—No. Mi madre dice que soy muy joven aún; pero mi padre prometió que me llevaría con él el año que viene, cuando acabaran las clases.
—Yo también quiero ir a Irlanda.
El hijo del contramaestre encogió los hombros.
—No sé... supongo que podría llevarte a ti también, si se lo pedimos...
—¡Sí, por favor! Mi padre no dirá nada si el tuyo quiere llevarme en el Luz Marina, aunque él prefiere que yo sea médico o abogado o algo por el estilo... no sé por qué le ha dado por ahí.
—Puede que seas un buen marinero, después de todo.
—Pues claro. Por lo menos tan bueno como tú.
El cangrejo mordió el cebo y la mano del joven pescador dio un rápido tirón del sedal. Aterrizó junto a su rodilla, el cangrejo, y, riendo, los dos niños se abalanzaron sobre él. El hijo del contramaestre sostuvo al animal por los bordes del caparazón durante unos segundos mientras éste agitaba sus pinzas en el aire, en baile desesperado. Después, lo devolvió al agua. La marea inundaba ya la poza, borrándola, y los pequeños marinos se pusieron en pie, camino del pueblo.
—¿Dónde crees que estarán ahora?
—Seguro que rumbo a casa. O, quizás, buscando cobijo en algún puerto del Estrecho. Deben de tener la radio estropeada, por eso no pueden comunicarse con nadie, pero ellos conocen la mar. Saben respetarla.
—Sí, ellos la conocen...
Tronó de nuevo, la lluvia les obligó a acelerar el paso, y corrieron a cobijarse, las manos hundidas en los bolsillos, la cabeza gacha, en los soportales del muelle.
—Escuché en el pueblo que tuvieron mala mar anoche, allá —señaló hacia las olas con la barbilla—, en Gran Sol.
*******************
Se ha dicho que la mar quiso devolverlos.
A las nueve menos cinco de una mañana fría las campanas suenan a duelo. No hay nadie en el puerto, esta mañana no saldrá ningún barco. Hoy, el mar y los hombres han pactado una tregua silenciosa.
Se funden en la misma humedad los lamentos de las gaviotas sobre los pesqueros dormidos y el ding dong grave y solemne del campanario.
La gente, en silencio, se amontona en la entrada de la iglesia. No hay gran cosa que decir cuando todo se sabe.
Llegan lujosos coches funerarios y de ellos descienden, envueltos en trajes de terciopelo negro —trajecillos tristes, prestados— y en recién estrenada orfandad, niños grises y repeinados, que no ríen. Con ellos, en el mismo barco, madres jóvenes, arrugadas, marineras, que mantienen firme la proa bajo la tormenta, e, íntima la procesión, lloran también rara vez.
Un silencio extraño, místico, estremece los tímpanos y los corazones cuando otros marineros ponen en sus hombros los féretros y ascienden lentamente las escaleras. Mañana pudiera ser cualquiera, pudiera ser yo, cangrejo muerto. Comparten dolores y miedos, todos ellos. Les duelen sus compañeros —ahí tendidos, tan cercanos— como una premonición. Rezan por las almas que se han ido, y por las suyas propias, que han de quedarse. Dos gaviotas se posan en el alero del tejado y chillan, con perfecta seriedad de ataúd.
El Luz Marina desapareció hace tres días. Encontraron los cuerpos en la playa al amanecer.
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